EL LLAMADO.
Un 10 de mayo, a mis 27 años,
sucedió algo que me cambió la vida. Ya no pude más con el sistema, me canse
we`on, cachai?
Ese día llevaba conmigo el
portafolio de trabajo. Un par de noches antes había terminado con mi polola. El
proyecto fome que me costó semanas escribirlo, lo había presentado ese día a
los gerentes y no había resultado para
nada exitoso. Para terminar mal el día, esa tarde mi madre no estaría en la
casa para saludarla, ella tenía que ir al hospital a cuidar a la nona que ya
estaba en sus últimos días.
Así que saliendo de la pega no me
quedo de otra que tomarme la primer micro que pasó e irme sin dirección alguna,
al final acabe en la salida sur de la
Ruta 5, allí donde termina la ciudad y comienzan los campos. Donde hay un
pequeño cerro de arena para construcción. Allí me baje en medio de la nada para
entrar a unas tierras que eran propiedad privada, pase por el charco con todo y
mis zapatos nuevos, los cuales en ese
momento dejaron de tener brillo para llenarse de estiércol, y comencé a subir.
Un par de señores del campo aledaño se me quedaron viendo con cara de asombro.
Cuando llegue a la parte más alta de ese lomo de arena y vi el sol escondiendose detrás de esa densa neblina rosa, me sentí liberado. Grite fuertemente. Abrí el portafolio y deje que los estúpidos papeles salieran
volando. Me desate la corbata, la avente lo más lejos que pude y volví a bajar.
Cuando llegue abajo uno de los
señores me reto, pero yo no estaba para escucharlo, así que pase de largo.
Luego fui a lo del primo Carlos, tome la once y hable con él; él siempre ha sido mi mejor amigo. En la noche
fui a acompañar a mi madre al hospital, incluso le regale un pedazo de queque y
le platique lo que me había pasado.
Al siguiente día comencé a empacar
y a juntar lo que me faltaba. En menos de tres días ya estaba en la ruta con mi
mochila en la espalda. Listo para recorrer el Sur y la Patagonia. Sin fecha de
regreso y sin ningún miedo a lo que me pudiera pasar.













