Incendio forestal
En
esa época hubo muchos incendios en la cordillera
chilena. Yo nunca voy a olvidar la noche en que tuvimos que salir de nuestra casa al ver como el fuego
iba avanzando lentamente por el bosque, comenzando a dirigirse hacia nuestra cabaña. Recuerdo que mi papá nos levantó a
los gritos, recuerdo que nos dijo: “Agarren su abrigo, lleven lo que más valor
tenga para ustedes y corramos”. Yo vi que mi papá tomo la pistola y la caja con
el dinero. Mi mamá se llevó la foto de los abuelos y el mate. Mi hermana menor tomo su muñeca. Yo tenía que decidir rápido.
Terry, nuestro perro estaba ya en la puerta, yo sabía que él
se iba con nosotros (en esos momentos era lo más valioso que tenía), pero dentro
de mi cabeza daba vueltas la idea de que
más llevarme. Al final decidí tomar el álbum de estampas del mundial. En ese
entonces yo estaba emocionado por tener completa la página de Chile con Salas y
Zamorano brillando en la parte inferior de la segunda hoja, así que me puse los
guantes y tome el álbum debajo de mi brazo; le dije a Camila, mi hermanita, que
se apurará y corrí a desatar a Terry, pero mi papa ya estaba en la puerta sosteniendo la correa. Cuando comenzabamos a caminar nos dijo unas palabras que siempre
que estoy preocupado, intento recordar: “no hay que voltear para atrás, no queda nada en el pasado, en esta vida siempre para delante, pues allá es donde sale
el sol.”
Después de eso comenzamos a correr en medio de una noche por demás fría. El color del fuego avanzando por los cerros era impresionante. Yo en varias ocasiones mientras mi mamá tomaba aire, volteaba para atrás (haciéndolo sigilosamente para que mi papá no se diera cuenta que lo hacia), no podía creer lo que veía, esa inmensidad del fuego arrasando con todo a su paso. Como olvidar ese tétrico crujir de las ramas húmedas al contacto con el fuego, que tanto escalofrío me daba, pues yo pensaba que eran las almas de la gente que comenzaba a morir por el incendio.
Después de eso comenzamos a correr en medio de una noche por demás fría. El color del fuego avanzando por los cerros era impresionante. Yo en varias ocasiones mientras mi mamá tomaba aire, volteaba para atrás (haciéndolo sigilosamente para que mi papá no se diera cuenta que lo hacia), no podía creer lo que veía, esa inmensidad del fuego arrasando con todo a su paso. Como olvidar ese tétrico crujir de las ramas húmedas al contacto con el fuego, que tanto escalofrío me daba, pues yo pensaba que eran las almas de la gente que comenzaba a morir por el incendio.
Ese día mí
papá acertadamente tomó el camino hacia Villa Unión, sabíamos que una vez
cruzando el puente, el fuego no iba a poder llegar al otro lado, el cauce del
río nos salvaría. Así que en cuanto cruzamos al otro lado nos volvió el
aliento. Allí vi como mis papas se abrazaban y lloraban, ahora entiendo que
era por la casa y las cosas perdidas, pero en ese preciso momento me pareció que era de la emoción
de habernos salvado. Recuerdo que nos abrazamos y luego entre sueños tengo
noción de haber tomado un colectivo, ya cuando era de día, que nos llevó hasta
Molina a la casa del tío Carlos y la tía Olivia. Ellos nos recibieron con sopaipillas
recién hechas y un té caliente mientras hablábamos sobre lo que había pasado
con la cabaña. Mi hermana y yo estábamos
muy asustados, no entendíamos nada. El
tío Carlos, repentinamente para cambiar ese ambiente, dijo en voz alta que el
partido de Chile estaba por comenzar, me tomó de la mano y me llevo hasta el
sillón frente al televisor mientras decía -vamos a ver cuántos goles meten
estos weones-.
Al final
yo crecí en ese cuarto donde estaba la televisión, allí compartí con Cami
hasta que me fui a la universidad. En el otro cuarto estaban los primos Carlos
y Pablo. Y en los cuartos de abajo dormían los adultos. Mi papa y el tío Carlos
trabajaban juntos y cada que podían iban al campo a ver si podía rescatar algo.
Mi mama y la tía Olivia se la pasaban haciendo de comer cosas deliciosas. Todas
las tardes las dos familias compartíamos la tradición de tomar la once juntos.
Los años
han pasado, hoy ya no soy un niño, soy casi casi un adulto y voy con el primo Carlos
a comer un asado al campo. Al pasar frente a esos pinos rojos que se ven a lo
lejos de la carretera me resulta inevitable no recordar ese día en que se nos quemó la
cabaña. Al final gracias a la potencia del fuego yo pude tener una familia más
grande.
En estos
momentos, Carlos y yo nos reímos a carcajadas al pensar en el álbum de estampas que
rescate esa noche.
-“El we`on
de Zamorano ahora me cae tan mal con su acento de comentarista mexicano, y del
Salas no tengo ni idea de a qué se dedica.”
- “Yapo
eso es historia, ahora los buenos son Alexis y Vidal.”
-“Si primo
entonces donde vemos mañana el partido, en el bar del Pablo?”
-“Ya”
Fin de la
conversación y fin de la historia.
DHG. Mayo 2017. ( Regresando a
Talca.)









